Besos con amor y responsabilidad

Hace unos días mi amada hijita -ad portas de cumplir su primer año de vida- aprendió a dar besos. Sí, oficialmente da besos “pegajosos” a sus papis y si están con suerte, a sus seres queridos más cercanos. Realmente es algo mágico el amor y ternura que como madre me provoca este nuevo gran logro de mi niña. Veo en su rostro su sonrisa, sus ojitos brillosos de felicidad. Ella también sabe que está haciendo algo que me gusta y, me complace haciéndolo aún con más cariño y coquetería.
Una mañana, muy temprano, se despertó y yo me hice la dormida. Para ser honesta, no quería comenzar el día tan pronto. Ella, después de darse unas vueltas por la cama y sin lograr “llamar la atención de mamá”, se me acerca rápidamente y me dio un beso en la mejilla. Lo hizo sola, sin que nadie la guiara o se lo pidiera. Fue un acto totalmente instintivo y, que esta vez, tenía un objetivo: que mamá despertara y se ocupara de ella. Comprenderán que lo logró de inmediato. Para mí fue un baño de oxitocina, mi corazón estalló en amor y felicidad. No lo podía creer. Mi Trinidad, inteligentemente advirtió que con un beso su madre dejaría de tener los ojos cerrados, para concentrarse en ella y acompañarla. “Mi hija está creciendo”, pensé. Y además de eso, sabe expresar su amor y sus necesidades. Siempre lo ha hecho; con su mirada, sus acurrucos, su sonrisa… Pero esta vez fue distinto. Dar un beso es un acto tan de piel, un acto generoso y, que lo haga ese pequeño ser humano que nació de tu vientre, es algo casi divino y que es difícil de comparar o describir.
La observo, me doy cuenta de lo rápido que pasa el tiempo y pienso en sus primeros días de vida. Jamás imaginé que llegaría el momento de hablar de su crecimiento y de sus avances. Cuando la tomaba en mis brazos y rosaba mi nariz en su carita. Quién diría que pronto ella me regalaría su amor así tan física y honestamente.
Sus besos me hipnotizan, cambian mi humor, me relajan, me hacen la mujer más feliz de la Tierra. Sus besos me llenan el alma.
Recuerdo que antes de ser madre, miraba con recelo a las mujeres que besaban a sus hijos en la boca. Pero -como otra cosa es con guitarra- cuando te conviertes en mamá amas cada parte de tu hijo y expresas ese amor libremente llenando a tu bebé de besos en todos lados, sin pensar si quiera en que algo puede estar mal.  Y es que si bien para mí y- sobre todo en este momento- los besos de mi hija son mágicos, no hay que obviar que a través de estos se pueden transmitir bacterias, infecciones y virus cuando te acercas mucho a su boquita. Hoy, por ejemplo, tenemos el riesgo de la Influenza. Aún no estamos en invierno y este virus ya llegó al país. Según datos del Ministerio de Salud, el contagio es de persona a persona y cada año ocurren entre 4.000 a 6.500 hospitalizaciones, siendo los niños menores de cinco años, un grupo de riesgo. Basta con toser cerca de alguien para que las partículas de humedad queden en el aire y al ser inhalados por la otra persona, ésta puede infectarse con el virus. Como madres tenemos el deber de proteger a nuestras crías.
Personalmente me estoy limitando a disfrutar de los besos de mi hija -estando sanas ambas- sólo en la carita. De esta forma prevenimos y evitamos, no tan sólo el contagio de una gripe, sino que también muchas otras infecciones que podemos portar los adultos en nuestras gotas de saliva.
Los besos de mi hija son y seguirán siendo una instancia que fortalece nuestro vínculo. Pero respetarnos y aprender a establecer límites nos hace protagonistas de un amor con responsabilidad.
Mientras mi niña sigue creciendo, yo seguiré esperando una nueva mañana donde a ella le den ganas de volver a despertar a su mamá con un tierno y dulce besito de buenos días.

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_Para siempre mamá_
Soy la mamá-periodista de Trini y me llamo Rocío. Practico y promuevo la crianza respetuosa. Veo en la maternidad un estilo de vida que me gusta compartir. Escribo con amor lo que me apasiona para que todas las mamás se sientan acompañadas e identificadas.